domingo, 11 de septiembre de 2011


Por qué no hacerles caso te dijiste una vez al voleo casi, como quien cede no cediendo, como toda aquella música inglesa de los años noventa del siglo pasado, como enteros todos los años noventa, como el final de Hedda Gabler, como quien –de verdad- buscó revelaciones beneficiosas sin la dictadura del entorno, y orquestó un desastre. Ahora te acordás que una vez te hiciste esa pregunta. Ahora te la hacés con el mismo impulso de la primera. Idioteces de la singularidad serán al principio, actividad que a todos nos encanta. Pero será instantáneo y vendrá -desde el Iluminismo sabemos esto- la abulia. Serás apócrifo. Mientras tanto a la pregunta tendrás que dejarla proceder, casi como un defecto amoroso sentirás vos, con una no tan aparente observancia sobre su constancia sobre su actuar dentro tuyo como se dice. A pesar de todo te empezarás a decir y eso se te desparramará más o menos uniformemente por el cuerpo todo, se instaurará mejor dicho, hasta llegar a percibir algo. Algo es un día. Como un tipo de pliegue será, un reconocimiento no espontáneo, sino auténtico de estar siendo, y por consiguiente, de estar siendo llamado. Serás llamado entonces y acá es donde sobreviene la más intolerable de las presiones por la cuales se te exponen todos: la conservación de ése reconocer y la subsistencia de lo que se sostiene casi sin querer. O sea, mañana seguirás estando.

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