En parte le parece injusto que sea así, tan difícil para mirar, leer, escuchar, conocer, transmitir, retrasmitir o tocar lo que de vez en cuando le sucede. Pero en parte le parece una suerte no tener que soportar que eso que le sucede fuese de alguna otra manera más preciso en su acontecer y más pesado en su llevar. Verlo todo es pornográfico y esto que le sucede recién es un entonces, como verle el tobillo a un muchacho, como saber de la ubicación de un lunar. Le sucede de vez en cuando esto y dura menos que una convicción. Tiembla el aire alrededor suyo y tiene la sensación de que algo sin que él se percate nunca lo cuida desde algún lado. O alguien, no está del todo seguro sobre esa cuestión. Demasiado intenso para ser una cosa, pero demasiada imaginación si piensa que eso podría ser una persona, o algún tipo de gente que se dice está en otra forma de los estados, en otra cronología de los sucederes. Sin embargo, sólo piensa así cuando al aire tiembla como lo está haciendo ahora y aparece, porque sí entonces, un detalle del porvenir, algo parecido a lo que vendrá, un mínimo detalle, como pixelado y atonal siempre, deliberadamente rústico, y enrarecido por la sensación de cuidado, como si eso o ése alguien que hace temblar el aire al mismo tiempo que aparece el detalle venidero fuesen uno la consecuencia del otro, y bajo ninguna circunstancia obnubilarían la secuencia que se le impone a él como presagio. Así lo llama a esto. Y lo va aprendiendo de a poco. Aprender es otro verbo abusado pero aún así él intenta, a contramarcha casi, no saber qué cosa es ese detalle sino cómo amalgamarlo con la transparencia de lo indispensable para vivir. Pero no puede evitar lo otro, demasiada educación audiovisual dice que tiene. Así, ciertos detalles los nomina y los conserva con afán de profecía. Una nube de noche con la forma de tres rostros mirándose un poco disconformes, el estante último de la pared derecha de la farmacia Maipú, en la esquina con San Luis, en Rosario, un domingo, sobre todo un recipiente redondo y opaco; medio kilo de galletitas Campeón, una mirada muda de ojos marrones, algo remoto, la palabra espinel, el antebrazo derecho de Kurt Cobain, y una especie de silencio en una habitación vacía de paredes altas. El resto aún, piensa, no puede serle revelado.
