Empieza a corromperse, sobre todo, donde la claridad consigue al fin difuminar como si fuera un trabajo de entomólogo el ansia de la ausencia, el poco valor de estar ahí. Viene de golpe pero se desembrolla lenta, y el halo que antes era un poniente, va perdiendo toda la forma y toda la voluntad que cierta vez, iridiscente, escribía gestos sin querer y narraba verdadero. Aunque siempre mucho más adelante esta corrupción constante pero no consecutiva se la hace circular bajo los dominios del infortunio, como una virtud dañina, como el metalfedinato, que reemplaza con la misma contención reivindicadora que lo que la corrupción de lo que simplemente viene sin argumentos, y de menor a mayor, hace y deshace el gesto querido antes, cuando en aguas los dos eran sólo un dejarse ir, como un morning at the hotel. Así de sentida es la corrupción hasta quitar definitivamente no sólo lo que no se hizo y se hubiera podido, sino también todas las iluminaciones naturales y las fanfarrias presenciales de quienes alguna vez completáronse a cada rato, en cada cosa. Hoy sólo son cuerpos lejanos.
