Entre las varias versiones del asunto la que pugna por ser cierta es la que viene a cuenta sobre la circunstancia más clara y evidente: ninguno de los dos estaba enterado del asunto y hasta quizás jamás lo imaginaron ni para uno ni para el otro. La cuestión es que más de una vez se pegaron encamadas que, si bien no fueron la exaltación misma del culeo furtivo entre varones, anduvieron cerca. Lo de encamarse es una forma de decir, no hay camas de por medio en lo furtivo. Ahora bien, cuando los por llamarlos de algún modo encuentros son planeados en el transcurrir inmediato de una hora cualquiera pero posible, cuando los varones son consecuentes y desentendidos con las consecuencias del ahora, cuando la palabra consecuencia es una distorsión de la sociedad digamos, cuando se dejan ganar por la ganas los varones, ¿qué cosa se pide a cambio? Lo de ganar las ganas es apenas una infracción de raíz psicológica que mejor dejar de lado y responder sin miramientos que en ese desparramo físico (salvaje, a veces), en ese alguien que no es nadie y que al mismo tiempo es todo lo que podría ser en ese momento (y viceversa), ahí, lo que se pide a cambio es el misterio compartido de no saber nada del otro. La palabra misterio es un beneficio para la estética de estos momentos. Conocerle sólo la pija a alguien puede ser, a veces, mucho más satisfactorio que saberlo contador de Cargill, militante de La Cámpora o delincuente con opiniones de derecha. Por eso estos dos, desde la primera vez en uno de los baños del segundo piso de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad de Rosario, y hasta la última, también en ese baño, nunca se preocuparon de saberse nada uno del otro. Antes de seguir repito: a veces es mejor. Se la chuparon mutuamente tres o cuatro veces, se probaron las respectivas leches y amagaron culearse varias veces siempre a intervalos de besos generados desde el apuro por seguir, por estar y por terminar eso que hicieron en ese baño, más o menos, cinco veces. Ninguno de los dos era estudiante y nada tenían que ver con las artes. Uno se llamaba Augusto Beliz y rondaba los veinte años. El otro rondaba los treinta y dos y se llamaba igual que un actor en desuso: Aldo Barbero. La madre de Augusto estaba cerca de los sesenta cuando le entró la culpa de golpe por haber vendido, de pendeja, su primer hijo. Entonces lo buscó. Era Aldo.
.jpg)