Por qué no se sabe con exactitud, pero le decían Olga y fue, digamos, famoso por una frase al pasar, un olor no tan pasajero y un evento desafortunado. Su nombre suena a familia imperial pero Adrián prefiere no mencionarlo y dejarlo como la enigmática Olga, que supo frecuentar, en el boliche, un grupo de locas al que Adrián, por entonces, no tenía acceso. Por entonces es un decir, seamos claros, jamás lo tendría y aún hoy ese grupo, algo desmembrado por los avatares del paso fronterizo entre los 20 y los 30 años, esboza una sonrisa burlona, colectiva y hermética al verlo pasar. Y Adrián, hoy como ayer, no logra descifrar el por qué de esa sonrisa para con él y se pregunta, también, por qué tanta burla despectiva y no más odio en esa sonrisa, o un poco de gratitud, al menos, dice Adrián. Sobre todo en la sonrisa de Olga, protagonista del evento desafortunado y dueño de un olor no tan pasajero. Olga olía a, digamos, cabeza y así se dice cuando alguien, me cuenta Adrián, por más limpia que tenga su cabeza y pelos igual, despide un olor característico, por decir, medio viscoso que, según parece, sale de la mollera sin motivo aparente, sólo sale al mundo desde ahí como un olor de un adentro que apenas se deja insinuar. Se dejaría, en todo caso y en sí de Olga salía ese grasoso olor a cabeza que, dice Adrián, le pareció, digamos, gentil, como parecía Olga que era entre las cuatro o cinco locas restantes de ese grupo. Como presa sintió Adrián que estaba Olga en ese grupo de maricas arrogantes y bien entrazadas. Un error de los tantos errores de Adrián para con los varones. Bonito y de apariencia afectada por un cariño que parece reclamar, Olga, una vez, al pasar, a Adrián, le besó la oreja izquierda y le dijo muy al pasar entre las locas, en el boliche, cuando la primavera kischnerista nos envolvía de cierta melancolía mal gestada, con esas pastillas medio asesinas, por ahí, Olga le dijo “tus esperanzas son excesivas” y siguió en fila, junto con el grupo burlón, al medio de la pista a bailar saltando vaya a saber qué sonido electrónico del momento. El momento, el otro, el del beso en la oreja de Adrián recibiendo después esas palaras de Olga lo dejó inquieto y algo borracho como estaba, con esas pastillas asesinas, siguió al grupo y se quedó con ellos más de una hora, viéndolos saltar, entretenerse, al menos, pensó Adrián ahí, mientras las locas saltaban y bailaban y Olga sonreía sin mirarlo, destilando olor a cabeza y como pidiendo sin pedir ser liberado de ese grupo nefasto y devorador. Y sin estar ahí se sentía Adrián estando ahí y sin querer pero obedeciendo lo que interpretó como un mandato encerrado en esas palabras que Olga le había dicho antes de estar ahí, en el centro de la pista, viendo las locas saltar, ahí, recuerda Adrián, envalentonado de las sonrisas sin miradas y de las súplicas de rescate de Olga, gustoso de estar ahí, casi, sintiéndose uno más del grupo burlón y, de repente, saltando como ellos, ahí, Adrián saltó sobre Olga y le besó la mollera porque, dijo, el olor lo estaba enamorando. Otro decir. Más de uno recuerda, hoy por hoy, la secuencia del salto de Adrián como bailarín parapléjico y el cuerpo con indefenso sabor de Olga arquearse hacia adelante como siendo atacada por una fiera que las demás locas frenaron de un certero arañazo en la espalda de Adrián, a quien tres grandotes sin cuellos ni extremidades, tres patovicas, lo sacaron de la pista a la calle sin que sus piernas tocaran el suelo. Olga, mientras tanto, perpleja, dice Adrián, lo miraba como agradecida. Lo de agradecida es un enigmático decir y Olga se llama Agustín.
